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lunes, 26 de septiembre de 2016

¿Hablamos el mismo idioma?

San Millán de la Cogolla

Nací en Logroño, capital de La Rioja, a pocos kilómetros de San Millán de la Cogolla, lugar en el que, hasta ahora, se encuentran las primeras palabras escritas en castellano.
En mi casa, humilde, había pocos libros: un diccionario grande, las Fábulas de Samaniego y la Obras Completas de García Lorca. Con semejante biblioteca quedé enganchada a la palabra desde bien pequeña, no podía ser de otra manera, aquellos tres libros fueron suficientes para hacer de mí una niña con ganas de aprender palabras, de entender moralejas, de manejar rimas y amar el teatro y consiguieron una mujer de palabra clara con las palabras en un castellano de Castilla, con acento cantarín, entre el vasco y el aragonés, y con un vocabulario muy particular. 

Mi vida y mi lengua cambió hace ya treinta y un años cuando por razones de trabajo cambié mi residencia a la Comunidad Valencia. Los setecientos kilómetros de distancia fueron suficientes para que se produjera  una dicotomía en mi lengua considerable: tanto en acento, como en vocabulario. 
Desde entonces mi cerebro cambia de registro a la medida que mi cuerpo y mente se haya en un lugar o en otro.

Las palabras nos atan a un lugar, las maneras de llamar a las cosas, las expresiones y los acentos. Nuestro yo lingüístico es prisionero del sitio donde aprendimos a hablar. Mi fortuna ha sido descubrirlo cuando tuve que utilizar la palabra a cientos de kilómetros de donde nací.

Así que en La Rioja los helados se me regalan y en Elche se derriten, coloco los libros en lejas cuando ordeno la biblioteca  en mi cole y los dejo en baldas en la casa de mis padres, abro el grifo cuando no estoy en La Rioja porque si no lo que abro es la canilla, me gusta beber en barrila que para el común de los mortales será un botijo, yo nunca he montado en bicicleta yo lo que hago es andar en bicicleta, los niños siempre han sido chiguitos y los trapos de cocina, rodillas; si eres tonto te llamo ababol que es como decirte amapola pero con un sinónimo; si no te cunde el trabajo en realidad es que no te aunece y si uso un pantalón corto lo que me he puesto es una pantaloneta, si eres un pesado,o sea un cansino la riojana que habita en mí es más contundente y te llamará canso, el fango es cenaco y una tienda de golosinas tiene el nombre más bonito que existe para un comercio: golmajería. Y muchas más.


Y entre esta diversidad hay un vocablo que nos une a riojanos y valencianos y para mí un misterio. A los abuelos siempre se les ha llamado en mi tierra de nacimiento, yayos. Cuando estudié valenciano me impactó mucho saber que los abuelos son iaios. ¡Cómo me gustaría saber el por qué de esta conexión! ¿Algún estudioso de la historia de la lengua en la sala? ¿Un filólogo avispado?

Es increíble con qué facilidad mi cerebro cambia el registro esté en un lugar o en otro. Pero ha sido todo un aprendizaje y aún sigo descubriendo expresiones habituales en mí y que mis interlocutores no reconocen. Somos la lengua del rincón en dónde vivimos. Nos une un entramado gramatical, pero el vocabulario va por libre. 

Así que mi yo lingüístico es dual. Lo que une mis dos mitades es una  buena vocalización y esté donde esté llamar a cada cosa por su nombre. Huyo de eufemismos y al pan, pan y al vino, vino. Esto, también creo que forma parte de mi yo lingüístico.
Soy palabra y sonrisa. 

Gracias por la oportunidad.


**una llamada de atención**
¡Cómo estamos de equivocados cuando recibimos en nuestras aulas a niños de Latinoamérica y creemos que no necesitan adaptación porque hablamos el mismo idioma! Pobrecitos míos. Si setecientos kms. son suficientes para no entendernos, ni te cuento cuando hay un océano de por medio. Tengamos cuidado.

Dolores Ojeda
Maestra de Primaria
@doloresojeda1

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